La rosácea continúa siendo uno de los trastornos inflamatorios cutáneos más desafiantes en la práctica clínica. Se trata de una enfermedad crónica de etiología incierta que afecta principalmente la región centrofacial (mejillas, nariz, mentón, frente y ojos) y que se clasifica en cuatro subtipos: eritematotelangiectásica, papulopustulosa, fimatosa y ocular, según el consenso del National Rosacea Society Expert Committee (Wilkin et al., 2002).
Aunque los tratamientos tópicos y sistémicos han mejorado el control sintomático, una proporción relevante de pacientes experimenta recaídas frecuentes, dependencia prolongada de antibióticos o estabilidad incompleta. Paralelamente, la evidencia ha mostrado asociaciones consistentes entre rosácea y diversas comorbilidades sistémicas, incluyendo enfermedad gastrointestinal, cardiovascular, neurológica, psiquiátrica y autoinmune (Holmes et al., 2018). Este patrón sugiere que, en determinados casos, la piel podría estar reflejando una alteración inflamatoria sistémica más amplia.
El eje intestino–cerebro–piel como marco fisiopatológico
En los últimos años se ha reconocido un vínculo complejo entre el tracto gastrointestinal, el sistema nervioso y la piel. Pacientes con distintas dermatosis han mostrado mejoría tras la administración oral de probióticos o prebióticos, aunque el mecanismo completo aún no ha sido completamente dilucidado (Tan-Lim et al., 2021). Este fenómeno se enmarca dentro del eje intestino–cerebro–piel, una red bidireccional en la que intervienen microbiota, sistema inmune y mediadores neuroendocrinos.
Las alteraciones en la microecología gastrointestinal suelen coexistir con trastornos psicológicos como ansiedad y depresión. El estrés psicológico puede inducir la liberación de neurotransmisores y neuropéptidos que modifican la permeabilidad intestinal y favorecen inflamación entérica y sistémica (Salem et al., 2018). Este aumento de permeabilidad facilita el paso de endotoxinas bacterianas al torrente circulatorio, amplificando la respuesta inflamatoria sistémica.
A nivel vascular, el sistema plasma calicreína–cininas, involucrado en fenómenos de vasodilatación y aumento de permeabilidad capilar, también puede verse influenciado por bacterias intestinales (Kendall, 2004). Ya desde 1980, Parodi y colaboradores describieron mayor estimulación de este sistema en pacientes con inflamación intestinal y rosácea, sugiriendo una conexión entre inflamación digestiva y flushing cutáneo.
Este entramado neuroinmunológico permite entender cómo la disbiosis intestinal podría contribuir a la hiperreactividad vascular característica de la rosácea.
Microbiota cutánea e intestinal en rosácea
La piel constituye un ecosistema dinámico que alberga microorganismos beneficiosos y potencialmente patógenos. La evidencia reciente ha demostrado que la rosácea se asocia con alteraciones tanto en la microbiota cutánea como en la intestinal (Zhu, Hamblin & Wen, 2023). Este hallazgo ha consolidado el interés por la modulación del microbioma como estrategia terapéutica.
En la práctica habitual, los pacientes con lesiones papulopustulosas son tratados con antibióticos tópicos o sistémicos. Sin embargo, si la alteración microbiana intestinal participa en el mantenimiento del estado inflamatorio, el tratamiento exclusivamente dermatológico podría resultar insuficiente o temporal.
Zhu y colaboradores señalan que futuras investigaciones deberán analizar la abundancia microbiana a nivel de cepa mediante técnicas avanzadas de secuenciación, ya que los cambios específicos en determinadas especies podrían explicar diferencias en expresión clínica y respuesta terapéutica. Asimismo, la comprensión de las complicaciones sistémicas asociadas a rosácea continúa siendo un área en expansión.
Caso clínico: intervención con enfoque intestinal
Andrea, una paciente adulta joven con rosácea eritematotelangiectásica y componente papulopustuloso, presentaba tres años de evolución con respuesta parcial a metronidazol tópico, ivermectina y antibióticos orales intermitentes. Aunque los tratamientos lograban atenuar los brotes, no se alcanzaba estabilidad sostenida.
En la anamnesis destacaban distensión abdominal recurrente, intolerancia subjetiva a ciertos alimentos, flushing postprandial y periodos de estrés elevado coincidentes con exacerbaciones cutáneas. Estos elementos orientaron hacia una posible contribución intestinal al proceso inflamatorio.
El abordaje no se limitó a la administración empírica de probióticos. Se estructuró en fases progresivas. Inicialmente se buscó reducir la carga inflamatoria sistémica mediante ajustes dietéticos dirigidos, disminuyendo alcohol, azúcares refinados y ultraprocesados, junto con suplementación antiinflamatoria basada en omega-3 y corrección de vitamina D según niveles séricos.
Posteriormente se realizó evaluación orientativa de disbiosis, identificando un patrón compatible con sobrecrecimiento bacteriano leve. Se implementó un protocolo escalonado que incluyó control de carga bacteriana antes de la reintroducción probiótica personalizada, evitando así exacerbar síntomas digestivos.
Finalmente, se trabajó en la restauración de la barrera intestinal mediante soporte nutricional específico y progresivo, priorizando tolerancia individual y evitando incrementos bruscos de fibra que pudieran reactivar la sintomatología.
Evolución clínica
En las primeras cuatro semanas se observó disminución en la intensidad del flushing. Hacia la semana ocho, las lesiones inflamatorias habían reducido significativamente, con menor frecuencia de brotes. A las doce semanas, la paciente alcanzó estabilidad clínica sostenida, manteniéndose sin antibióticos sistémicos en el seguimiento a seis meses.
El cambio más relevante no fue únicamente la reducción del eritema, sino la estabilidad prolongada, algo que no había logrado con intervenciones exclusivamente dermatológicas.
Implicaciones clínicas
La rosácea se asocia con múltiples comorbilidades sistémicas y comparte vías inflamatorias con trastornos gastrointestinales y psiquiátricos (Holmes et al., 2018). En pacientes con síntomas digestivos concomitantes o respuesta limitada a tratamiento convencional, evaluar el eje intestino–cerebro–piel puede ofrecer una perspectiva terapéutica complementaria.
Esto no implica sustituir el manejo dermatológico estándar, sino integrar la evaluación sistémica cuando el contexto clínico lo sugiera. La identificación de subgrupos de pacientes que podrían beneficiarse de este enfoque constituye uno de los principales retos actuales.
La rosácea no puede entenderse exclusivamente como una patología cutánea aislada. La interacción entre microbiota intestinal, sistema nervioso, mediadores inflamatorios y vasorreactividad cutánea ofrece un modelo más integrador de su fisiopatología.
El caso presentado ilustra que, en pacientes seleccionados, abordar el componente intestinal de manera estructurada puede modificar el curso clínico de la enfermedad. A medida que la investigación avance hacia análisis microbianos de mayor precisión, es probable que el manejo de la rosácea evolucione hacia un modelo más interdisciplinario y sistémico.
Conclusión
La rosácea podría no ser exclusivamente cutánea. La evidencia vincula microbiota intestinal, eje intestino–cerebro–piel y activación inflamatoria sistémica. Presentamos un caso clínico con estabilización tras intervención intestinal estructurada y revisamos los mecanismos fisiopatológicos que sustentan este enfoque.
Perfecto. Te las organizo en formato Vancouver numerado, listas para colocar al final del artículo. Puedes numerarlas en el texto según orden de aparición si lo vas a enviar a revista o blog científico.
Referencias
- Wilkin J, Dahl M, Detmar M, Drake L, Feinstein A, Odom R, et al. Standard classification of rosacea: report of the National Rosacea Society expert committee on the classification and staging of rosacea. J Am Acad Dermatol. 2002;46(4):584–587. doi:10.1067/mjd.2002.120625
- Holmes AD, Spoendlin J, Chien AL, Baldwin H, Chang ALS. Evidence-based update on rosacea comorbidities and their common physiologic pathways. J Am Acad Dermatol. 2018;78(1):156–166. doi:10.1016/j.jaad.2017.07.055
- Tan-Lim CSC, Esteban-Ipac NAR, Recto MST, Castor MAR, Casis-Hao RJ, Nano ALM. Comparative effectiveness of probiotic strains on the prevention of pediatric atopic dermatitis: a systematic review and network meta-analysis. Pediatr Allergy Immunol. 2021;32(6):1255–1270. doi:10.1111/pai.13514
- Salem I, Ramser A, Isham N, Ghannoum MA. The gut microbiome as a major regulator of the gut-skin axis. Front Microbiol. 2018;9:1459. doi:10.3389/fmicb.2018.01459
- Kendall SN. Remission of rosacea induced by reduction of gut transit time. Clin Exp Dermatol. 2004;29(3):297–299. doi:10.1111/j.1365-2230.2004.01461.x
- Parodi A, Guarrera M, Rebora A. Flushing in rosacea: an experimental approach. Arch Dermatol Res. 1980;269(3):269–273. doi:10.1007/BF00406420
- Zhu W, Hamblin MR, Wen X. Role of the skin microbiota and intestinal microbiome in rosacea. Front Microbiol. 2023;14:1108661. doi:10.3389/fmicb.2023.1108661